De lo poco que me acuerdo de aquel horrible día, es que todo pasó demasiado deprisa. Iba en el coche con mis padres, y lo que no sabía es que nunca llegaríamos a Madrid… al menos, no los tres juntos. Estaba a punto de dormirme, y escuchaba a mi madre que decía “ vas demasiado deprisa, Juan”. Mi padre no le prestaba atención y me dio la sensación de que acelero más… no llegué a saber el motivo ni quiero saberlo, por el cual mi padre frenó en seco y fue cuando los dos salieron disparados hacia delante y yo pegué contra el asiento delantero. Lo único que sé, es que desde aquel frenazo, nada ha vuelto a ser igual. El sol ya no brilla tanto para mi, todo ha perdido color desde que ellos murieron en aquel accidente. No sé si por suerte o por desgracia salí viva de aquel accidente con algunos huesos rotos… Yo tenía 10 años y ahora tengo 14. Cuatro largos años me han servido de ayuda para superar todo aquello, y para madurar, y si algo he aprendido, es que hay que valorar lo que se tiene antes de que sea demasiado tarde…
Os contaré que pasó después del accidente.
Después de pasar un mes en el hospital, mi tía vino a verme. Era la primera vez que la veía y a primera vista me pareció una mujer muy desagradable. No me equivocaba. Se quedó observándome durante unos minutos hasta que al final me soltó sin más:
- Vendrás a vivir con migo.
La idea no me gustó nada. Pero al fin y al cabo, era la única familia cercana que me quedaba. Mis abuelos habían muerto y yo no tenía más tíos. La miré por primera vez a los ojos y le dije:
- Ah.
- Cuando salgas del hospital iremos a Madrid. Allí vivo yo, tengo una casa en el campo en la que las dos trabajaremos para mantenerla.
La idea de trabajar no me gustaba nada. Continuó hablando.
- Me llamo Franchesca y alomejor no te agrada la idea, pero soy tu tía y es lo que hay. Estamos a 25 de Agosto, esperemos que en una semana estemos ya en casa. El 15 de Septiembre empiezas el colegio, irás al Insituto Mayor de Madrid. No tienes elección.
Sin decir ni una palabra más, se fue.
Me quedé pensando dos horas, puede que tres. Lloré mucho. Lloré por muchas cosas. Lloré por mis padres, por mi situación y porque me daba miedo empezar una nueva vida. Lloré hasta que la enfermera entró por la puerta de mi habitación.
- ¿ Estás mejor ?
- Sí.
En realidad, no lo estaba. Me dolía todo todavía. Pero no estaba como para revisiones. Ya me da daba igual.
Me dejó una bandeja con comida. “ Que asco”, pensé. En la bandeja había un líquido con cosas flotando que intuí que era caldo. También había un trozo de tortilla frío. “Mmm, riquísimo… “. No me quedaba más remedio que comer. Sabía igual que olía. Fatal.
Las horas allí se pasaban lentas… y lo peor de todo, esque nadie venía a verme. Veía pasar por el pasillo a personas con ramos de flores, con globos y bombones… pero todo el mundo pasaba de largo, nadie entraba en mi puerta con una sonrisa para mi… Nadie se daba cuenta de lo mal que lo estaba pasando, de que mi vida en aquellos momentos era un asco y no tenía a nadie a quien contarle mis penas… Al menos, no en aquel momento.
Pasaban los días hasta que por fin, se abrió la puerta una mañana y la enfermera me comunicó que ya podía salir. No me alegre. Mi vida seguiría siendo igual de asquerosa dentro o fuera del hospital. Eso pensaba yo.
MI tía me esperaba en la puerta. Llevaba un atuendo muy soso. Falda negra, camisa negra y zapatos negros. La observé por primera vez detenidamente.. Debía rondar los 60. Las arrugas comenzaban a arrugar su rostro. Sus pequeños ojos azules me miraban detrás de sus gafas, y su enorme nariz se arrugó cuando me dijo “ Hola”.
- Hola.
- Iremos a tu casa a recoger tus cosas. Lleva sólo lo necesario.
Montamos en su antiguo coche. El hospital en el que estuve ingresaba estaba en León… el lugar de dónde yo era. Nos llevó media hora llegar a casa.
Nada más bajar del coche, un escalofrío me recorrió el cuerpo. La última vez que había estado allí, todo era normal… mis padres, yo… juntos.
Caminamos hasta la puerta y Franchesca la abrió y ésta, emitió un crujido al abrirse. Todo allí dentro me recordaba a mis padres, el olor, las fotos, las habitaciones… Subí a mi habitación y me senté en la cama un rato. Después, empecé a meter en una mochila mi ropa, muchos libros, mi ipod, una libreta, zapatos, mi colonia de Agatha Ruiz de la Prada… por último, cogí algo muy importante; una foto en la que salía con mis padres en Disney Land París. Lloré de nuevo. Entonces mi tía me gritó que teníamos que irnos.
El viaje se me hizo muy corto. Sería porque dormí casi todo el camino. Era mucho tiempo hasta Madrid. Por fin llegamos. Llegamos al lugar donde empezaría de nuevo, donde me esperarían cosas que nunca llegué a imaginar… donde conocería a alguien que se convertiría en mi mejor amigo… donde mi vida empezó a cobrar sentido de nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario